Reducción de la jornada laboral
Buenas intenciones con impactos negativos.
Durante décadas, las organizaciones han resuelto sus ineficiencias con horas. Proceso mal diseñado, tiempo extra. Liderazgo débil, más horas. Decisiones que nadie quiere tomar, una junta más. Y ese buffer de horas extra —frente a otros países— se convirtió en un mecanismo invisible que permitía compensar problemas que nunca resolvimos de fondo. Ese “ratito” más nos daba la sensación de que estábamos lográndolo. Pero solo era un espejismo.
Hoy estamos entrando a un momento de cambio. México acaba de reducir constitucionalmente la semana laboral a 40 horas, con entrada gradual a partir del 1 de enero de 2027, sin recorte de salario ni prestaciones.
La mayoría defiende la reforma con argumentos de derechos laborales o de bienestar. Pero una jornada más corta con la misma carga, los mismos procesos y el mismo liderazgo no produce bienestar. Produce crisis operativa, y eso va exactamente en el sentido contrario a la intención de la reforma —y de toda organización—, porque impacta la productividad.
¿Te acuerdas de la reforma del horario de verano?
Tenía la misma intención de bienestar. En teoría, alinear nuestros horarios con el ritmo circadiano debería habernos traído beneficios reales de salud y productividad. La ciencia lo respalda: son muchos los estudios que señalan que el cuerpo humano funciona mejor cuando está alineado con el tiempo solar natural. El argumento era sólido.
Y sin embargo, no pasó gran cosa.
¿Por qué? Porque el cambio en el reloj no vino acompañado de un rediseño de cómo operamos, ni personal ni organizacionalmente. Movimos el horario; se abordaron los procesos, pero no a las personas. Entonces la gente siguió cansada, las organizaciones vieron pocos o ningún beneficio, y sí un impacto en el costo de operación.
La reforma de las 40 horas va exactamente en esa dirección si seguimos sin querer trabajar en las personas. Y para agregar complejidad, tenemos enfrente una tentación muy grande: compensar el impacto con IA.
Cuando la IA entra a la fórmula
Mientras la reforma te quita margen de tiempo, la IA te está aumentando la capacidad de ejecución. Más velocidad, más volumen, más producción por hora. En teoría, se compensan perfectamente. Pero existe un problema.
- La IA no elimina las malas decisiones.
- La IA no corrige prioridades equivocadas.
- La IA no resuelve conflictos entre áreas.
- La IA no sustituye el criterio.
Así que, en la práctica, no creo que la IA sea la respuesta, y sé que eso puede sonar incómodo en un momento donde toda conversación sobre productividad termina en inteligencia artificial.
Lo que hace la IA es amplificar. Y cuando un sistema humano recibe más capacidad sin mejorar la calidad de su pensamiento, no necesariamente se vuelve más eficiente. Se vuelve más rápido reproduciendo sus propios errores. Los problemas de siempre, pero a escala.
Solo imagina: juntas ambiguas que ahora terminan en resúmenes impecables en segundos —lucen bien, pero no hay trasfondo—; decisiones débiles, esas que no se sostienen por ningún lado, pero que ahora pueden documentarse con un lenguaje tan sofisticado que te convencen de que son correctas; o análisis superficiales que ahora pueden producirse a una velocidad impresionante, pero que no dejan de ser superficiales.
Por eso creo que la IA no es la respuesta. O, al menos, no es suficiente.
Romper el paradigma
Durante años etiquetamos estas capacidades como “soft skills”, como si fueran deseables pero opcionales; un nice to have una vez resueltos los “temas importantes”.
Hoy esa clasificación empieza a perder sentido. Porque la capacidad de pensar con claridad bajo presión, tomar decisiones efectivas, gestionar la atención, colaborar, aprender y adaptarse ya no son competencias accesorias.
Las habilidades humanas se están convirtiendo en requisitos operativos.
Y no porque se estén poniendo de moda, sino porque son las únicas capacidades que la tecnología no puede reemplazar fácilmente, que permiten aprovecharla de manera inteligente y así realmente “comprar” tiempo.
La IA seguirá avanzando. La automatización seguirá avanzando. La presión por hacer más con menos seguirá aumentando. Y en ese contexto, el factor decisivo no será quién tenga más tecnología: será quién tenga mejores sistemas humanos para gestionarla.
Ya para cerrar
Durante años hemos privilegiado inversiones cuyos resultados son visibles rápidamente. Compramos máquinas, sistemas, software y herramientas porque podemos medir su implementación en semanas o meses.
Pero desarrollar capacidades humanas funciona diferente: requiere tiempo, práctica y, sobre todo, un grado importante de fe. El problema es que el mundo corporativo suele sentirse más cómodo invirtiendo en aquello que puede medirse inmediatamente que en aquello que genera ventajas sostenibles.
Sin embargo, estamos entrando en una etapa donde esa lógica comienza a romperse, porque la tecnología está democratizando la ejecución: cada vez más empresas tendrán acceso a herramientas similares, cada vez más personas podrán producir contenido, análisis y reportes de alta calidad aparente.
Y cuando eso ocurra, la diferencia ya no estará en quién tiene acceso a la IA. La gran diferencia estará en quién tiene la capacidad cognitiva para utilizarla mejor.
Y esa capacidad no se compra. Se desarrolla.
¿Exploramos el rediseño cognitivo de tu operación?
ActualMentes · Edición 12. Publicado originalmente el 2 de junio de 2026. Referencia normativa: reforma constitucional que reduce la jornada laboral en México a 40 horas semanales, con implementación gradual a partir del 1 de enero de 2027.